Gustavo Adolfo Bécquer: Las rimas (selección)

- XXXIX -

¿A qué me lo dices? Lo sé: es mudable,

es altanera y vana y caprichosa,

antes que el sentimiento de su alma

brotará el agua de la estéril roca.


Sé que en su corazón, nido de sierpes,

no hay una fibra que al amor responda:

que es una estatua inanimada...; pero...

¡es tan hermosa!





- XXXI -

Nuestra pasión fue un trágico sainete

en cuya absurda fábula

lo cómico y lo grave confundidos

risas y llanto arrancan.


Pero fue lo peor de aquella historia

que, al fin de la jornada,

a ella tocaron lágrimas y risas

¡y a mí sólo las lágrimas!


- XLIV -

Como en un libro abierto

leo de tus pupilas en el fondo;

¿a qué fingir el labio

risas que se desmienten con los ojos?


¡Llora! No te avergüences

de confesar que me quisiste un poco.

¡Llora! Nadie nos mira.

Ya ves; yo soy un hombre... ¡y también lloro!





- LIII -

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán;


pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha al contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres,

ésas... ¡no volverán!


Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez a la tarde, aún más hermosas,

sus flores se abrirán;


pero aquellas cuajadas de rocío,

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer, como lágrimas del día...

ésas... ¡no volverán!


Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar;

tu corazón de su profundo sueño

tal vez despertará;


pero mudo y absorto y de rodillas,

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido... desengáñate,

¡así no te querrán!


- LXVI -

De dónde vengo?... El más horrible y áspero

de los senderos busca:

las huellas de unos pies ensangrentados

sobre la roca dura;

los despojos de un alma hecha jirones

en las zarzas agudas

te dirán el camino

que conduce a mi cuna.


¿Adónde voy? El más sombrío y triste

de los páramos cruza;

valle de eternas nieves y de eternas

melancólicas brumas.

En donde esté una piedra solitaria

sin inscripción alguna,

donde habite el olvido,

allí estará mi tumba.




- VII -

Del salón en el ángulo oscuro,

de su dueño tal vez olvidada,

silenciosa y cubierta de polvo

veíase el arpa.


¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,

como el pájaro duerme en las ramas,

esperando la mano de nieve

que sabe arrancarlas!


¡Ay! -pensé-. ¡Cuántas veces el genio

así duerme en el fondo del alma,

y una voz, como Lázaro, espera

que le diga: «Levántate y anda!»




- V -

Espíritu sin nombre,

indefinible esencia,

yo vivo con la vida

sin formas de la idea.


Yo nado en el vacío,

del sol tiemblo en la hoguera,

palpito entre las sombras

y floto con las nieblas.


Yo soy el fleco de oro

cae la lejana estrella;

yo soy de la alta luna

la luz tibia y serena.


Yo soy la ardiente nube

que en el ocaso ondea;

yo soy del astro errante

la luminosa estela.


Yo soy nieve en las cumbres,

soy fuego en las arenas,

azul onda en los mares

y espuma en las riberas.


En el laúd soy nota,

perfume en la violeta,

fugaz llama en las tumbas

y en las ruinas hiedra.


Yo atrueno en el torrente,

y silbo en la centella,

y ciego en el relámpago,

y rujo en la tormenta.


Yo río en los alcores,

susurro en la alta yerba,

suspiro en la onda pura,

y lloro en la hoja seca.


Yo ondulo con los átomos

del humo que se eleva

y al cielo lento sube

en espiral inmensa.


Yo, en los dorados hilos

que los insectos cuelgan,

me mezco entre los árboles

en la ardorosa siesta.


Yo corro tras las ninfas

que en la corriente fresca

del cristalino arroyo

desnudas juguetean.


Yo, en bosques de corales

que alfombran blancas perlas,

persigo en el Océano

las náyades ligeras.


Yo, en las cavernas cóncavas,

do el sol nunca penetra,

mezclándome a los gnomos,

contemplo sus riquezas.


Yo busco de los siglos

las ya borradas huellas,

y sé de esos imperios

de que ni el nombre queda.


Yo sigo en raudo vértigo

los mundos que voltean,

y mi pupila abarca

la creación entera.


Yo sé de esas regiones

a do un rumor no llega,

y donde informes astros

de vida un soplo esperan.


Yo soy sobre el abismo

el puente que atraviesa;

yo soy la ignota escala

que el cielo une a la tierra.


Yo soy el invisible

anillo que sujeta

el mundo de la forma

al mundo de la idea.


Yo, en fin, soy ese espíritu,

desconocida esencia,

perfume misterioso,

de que es vaso el poeta.




- LXXIV -

Las ropas desceñidas,

desnudas las espaldas,

en el dintel de oro de la puerta

dos ángeles velaban.


Me aproximé a los hierros

que defienden la entrada

y de las dobles rejas, en el fondo,

la vi confusa y blanca.


La vi como la imagen

que en leve ensueño pasa,

como el rayo de luz tenue y difuso

que entre tinieblas nada.


Me sentí de un ardiente

deseo llena el alma

¡como atrae un abismo, aquel misterio

hacia sí me arrastraba!


Mas ¡ay!, que de los ángeles

parecían decirme las miradas

-¡El umbral de esta puerta

sólo Dios lo traspasa!




- LXIV -

Como guarda el avaro su tesoro,

guardaba mi dolor;

yo quería probar que hay algo eterno

a la que eterno me juró su amor.


Mas hoy le llamo en vano, y oiga al tiempo

que le agotó, decir:

-¡ah, barro miserable, eternamente

no podrás ni aun sufrir!



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